Gobernar por decreto, la puerta al derrumbe democrático

En estas postrimerías electorales, las palabras del candidato José Antonio Kast abren un debate: gobernar por decreto o, por el contrario, en conjunto con el Congreso.
La tentación de reducir el papel del Congreso no es nueva. Sin ir tan lejos, incluso en nuestra propia región vemos como Javier Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador han gobernado priorizando decretos, disminuyendo la influencia legislativa. En Chile, esta semana el debate salió a la luz debido a las declaraciones del candidato presidencial José Antonio Kast, en el XXI Seminario de Moneda Patria Investments 2025, cuando afirmó que “el Congreso es importante, pero no es tan relevante como ustedes se imaginan (…) aquí no necesitamos más leyes para aplicar la ley”. Sumado a que, según la encuesta CEP N° 93 (marzo-abril 2025), la confianza ciudadana en el Congreso es de apenas un 8 %, tendencia que se mantiene respecto a la medición de agosto-septiembre 2024 (CEP, 2025). Estos antecedentes ponen en evidencia la necesidad de preguntarse el grado de relevancia que tiene el Congreso en nuestro país.
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El poder legislativo carente de autonomía e influencia es característico de los regímenes no democráticos. La legitimidad electoral que puede obtener un presidente no lo faculta para concebirse como único intérprete de la voluntad ciudadana, su victoria no es un cheque en blanco. Ya lo había advertido el politólogo Guillermo O’Donnell al describir el fenómeno de la “democracia delegativa”. En su artículo Delegative Democracy (1994), O’Donnell señala que en estos sistemas, “los presidentes, una vez elegidos, están facultados para gobernar como lo consideren oportuno, limitados solo por los hechos duros de las relaciones de poder existentes y por la duración constitucional de su mandato”. Bajo esta lógica, el Congreso y el poder judicial dejan de ser contrapesos para transformarse en obstáculos, perdiendo su función histórica de controlar y limitar el poder presidencial. La única barrera efectiva pasa a ser el término del mandato, lo que abre un amplio margen para gobernar sin control entre una elección y la siguiente. Si bien gobernar por decretos puede acelerar la construcción de la casa, a largo plazo la estructura corre graves riesgos y las vigas pueden comenzar a erosionarse. Se debe tener cuidado al soñar con soluciones rápidas y exceso de eficiencia, ya que en la tentación puede atraer males más grandes, con consecuencias directas sobre nuestras libertades personales y colectivas.
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En contextos de inseguridad social y desesperanza en materia económica, es electoralmente competitivo prometer medidas rápidas para gobernar. Sin embargo, al cruzar la cordillera vemos como gobernar a través de Decretos de Necesidad y Urgencia, lejos de resolver los problemas estructurales, tiende a agravar la desconfianza ciudadana, aumentar la violencia política y a debilitar las bases mismas de la democracia.
Gobernar sin contrapesos no es gobernar mejor, es abrir la puerta al derrumbe democrático, minar el dialogo político y los acuerdos. Hoy en día las democracias no mueren desde afuera, se consumen desde adentro, cuando las instituciones se debilitan y se concentra el poder.
(Columna de Fabiola Macarena, alumna de Ciencia Política )
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