Noticias Chile | Ricardo Lagos, su ruptura con la izquierda y el momento de su despedida

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Ricardo Lagos Escobar terminó su mandato en 2006 con un nivel de aprobación que, según las encuestas, se situaba entre el 60 % y el 70%, una cifra inédita desde el regreso a la democracia. A pesar de sus temores por ser el primer presidente de izquierda desde Allende, logró que no se repitiera la historia: repuso la gobernabilidad de la izquierda y salió vivo de La Moneda. Su gobierno registró un promedio de crecimiento económico del 4,7%, lo que, combinado con el sistema de protección social de Chile Solidario, permitió reducir la pobreza en un 7%. Lagos, además, posicionó al país en el escenario internacional. Y, finalmente, en 2005, casi al terminar su mandato, el Congreso aprobó 58 enmiendas a la Constitución que eliminaron los llamados «enclaves autoritarios», los mecanismos que la dictadura había anclado en la Carta Magna para seguir limitando a las mayorías democráticas después de dejar el poder. Se eliminaron los senadores no electos, se devolvió al presidente la facultad de destituir a los comandantes en jefe y se subordinó definitivamente el poder militar al civil. Lagos firmó el texto reformado, que desde entonces lleva su nombre, reporta La Tercera.

A pesar de las dificultades que enfrentó, pudo hacer, además, lo que ningún otro mandatario ha logrado desde entonces: entregarle la banda presidencial a una figura de su propio signo político, Michelle Bachelet.

Pero la gloria no duraría.

Como laguista convencido, Tironi lo dice en modo autocrítico: si Lagos, nombrado presidente del Club de Madrid –una organización de exmandatarios que promueve la democracia– y luego enviado especial para el cambio climático del secretario general de la ONU, brilló a nivel internacional al abandonar La Moneda, no ocurrió lo mismo en el plano interno.

–Pasó a ser un actor ejerciendo un papel del viejo dinosaurio que había que enterrar –dice el sociólogo–. Su error, y el de todos los que lo rodeábamos, fue despreocuparnos, no dar importancia a las críticas que comenzó a recibir internamente.

Se lo culpó de las fallas de proyectos como la reforma del transporte público que, implementada durante el gobierno de Bachelet, enfrentó múltiples problemas. Se lo acusó también de hipocresía por haber aceptado un cargo relacionado con el medioambiente en la ONU, a pesar de haber aprobado durante su presidencia proyectos empresariales con fuerte impacto ambiental. Y lo siguió persiguiendo el fantasma de los escándalos de corrupción.

–Como pasaba bastante tiempo fuera, y tiene esta actitud un poquito altanera y su grupo también, se estimó que era como rebajarse responder o defenderse, y esta obra crítica se dejó avanzar mucho –agrega Tironi.

En 2010, y luego en 2016, Lagos buscó regresar a la presidencia. Nunca lo consiguió, y esos intentos revelaron cuánta animosidad le tenían sectores amplios del Partido Socialista (PS) y del PPD. Durante su gobierno había desarrollado un estilo díscolo que los irritaba.

–Lagos asumió como un hombre-Estado y no como presidente de un sector. Quería ser un presidente progresista que gobierna para todo el país, entonces no fue nunca del gusto de los partidos que lo apoyaron –dice Ottone.

Por eso, cuando condicionó su candidatura a la posibilidad de influir en la lista parlamentaria para tener mayor respaldo de su sector en el Congreso, los partidos lo rechazaron. Lagos, furioso, renunció a la candidatura.

La segunda vez, las fuerzas de izquierda ya estaban más resquebrajadas, habían surgido nuevos liderazgos y el PS decidió no respaldarlo.

Según Longueira, el derechista con quien Lagos negoció el acuerdo para terminar con el MOP-Gate, eso marcó el fin de una era.

–Él fue un poco displicente con los partidos y estos le cobraron la cuenta. Fue su mundo el que lo hizo fracasar, y yo siempre he situado precisamente en esto la desaparición de la Concertación –dice–. Al matar al líder, se mataron a ellos mismos y apareció una generación que trapeó con todo el conglomerado.

Ante la noticia de una eventual candidatura presidencial de Lagos, en 2016, algunos parlamentarios fueron lapidarios: «Agachó el moño ante los grupos empresariales», dijo Camila Vallejo, diputada del Partido Comunista, en referencia a la decisión del expresidente de eliminar la pena de cárcel a la colusión y cambiarla por multas más altas durante su mandato. «Representa la derrota de la izquierda», dijo Giorgio Jackson, entonces diputado del partido izquierdista Revolución Democrática. «Ricardo Lagos se va a tener que enfrentar a dar respuestas de por qué al final de su gobierno eran los banqueros y los concesionarios quienes lo aplaudían, y no el pueblo de Chile», sentenció el futuro presidente y entonces diputado por el partido de izquierda Movimiento Autonomista, Gabriel Boric.

Si parte del progresismo resintió el estilo de Lagos durante su gobierno, la emergencia de una nueva generación que se formó políticamente en las marchas estudiantiles de 2011 –en las que pedían un sistema de educación pública gratuito y universal– le dio el golpe de gracia.

El Frente Amplio, una coalición que se fundó en 2017 como alternativa política tanto a la derecha como a la izquierda socialdemócrata, forjó su identidad criticando el legado de la Concertación, en particular el del expresidente.

La animosidad se materializó aún más con el estallido social de 2019 y el proceso con el que Chile buscó aprobar una nueva Constitución. El lema del movimiento social –que surgió cuando el gobierno del Presidente Sebastián Piñera, de la derecha liberal, anunció un alza en el costo del transporte público– era «no son 30 pesos, son 30 años», en referencia a la Concertación. El discurso dominante sostenía que esta no había hecho lo suficiente. Que se había profundizado la inequidad. Que, a pesar de las enmiendas que Lagos le había hecho a la Constitución de 1980, la Carta Magna seguía siendo una herencia de la dictadura.

En octubre de 2020, un 78% de los chilenos aprobó la idea de una reforma constitucional. Dos años después, una convención de 50 representantes elaboró una propuesta constitucional con fuerte influencia de la izquierda radical que provocó una enorme incertidumbre en la población.

Poco antes del plebiscito para aprobar o rechazar esta nueva Constitución, Lagos declaró, a través de una carta pública, que no apoyaría el proyecto. La noticia causó un gran revuelo en el mundo político.

Tanto ese borrador constitucional como el que propuso después la derecha, encabezada por el actual Presidente José Antonio Kast, fueron rechazados. La Carta Magna vigente sigue llevando la firma de Ricardo Lagos.

Fue un lunes de noviembre de 2021. Ricardo Lagos Weber recibió un llamado que lo sorprendió. Faltaba un mes para la segunda vuelta de las presidenciales en que competían el actual Presidente Kast y su antecesor, Gabriel Boric.

Boric era uno de los líderes del Frente Amplio. Al otro lado de la línea estaba Giorgio Jackson, diputado y jefe de campaña del candidato. Llamaba porque quería que Lagos se reuniera con Boric y, sobre todo, que lo apoyara públicamente.

Poco convencido, Ricardo, entonces senador del PPD, se lo comentó a su padre. «No tengo ningún problema en juntarme con Gabriel», le dijo de inmediato el expresidente.

Ricardo le recordó cuánto lo habían golpeado, le recordó los ataques contra los 30 años de la Concertación.

«Ricardo, yo a los 30 años los puedo defender con toda tranquilidad, pero en esta elección más me preocupan los 30 años que vienen», respondió su padre.

La reunión se agendó para el jueves siguiente. El miércoles, un día antes del encuentro, Lagos fue entrevistado en un programa de radio y expresó su apoyo explícito a Boric.

–No tuvo que hablar con Gabriel Boric para respaldarlo. Tiene esa capacidad de visión, de mirar para adelante –dice Ricardo–. Descolocó a varios que pensaban que no lo haría o que se iba a demorar un poco. Y lo hizo antes de reunirse con Gabriel Boric precisamente para que nadie fuera a pensar que negoció ese apoyo.

Durante la reunión del día siguiente, Boric le pidió ayuda a Lagos. El candidato tenía una trayectoria política sólida en Chile, pero su manejo en el escenario internacional era limitado. Le preocupaba, en especial, no tener contactos con el mundo político de Estados Unidos.

–Mira –le dijo Lagos al final de la conversación–, vamos a hacer algo: te va a llamar (el presidente Joe) Biden.

Y así fue.

Al mes siguiente, Boric fue elegido presidente. En su primer discurso, desde el balcón de La Moneda, destacó los avances logrados por sus antecesores. Citó grandes nombres de la historia chilena: los presidentes José Manuel Balmaceda y Pedro Aguirre Cerda. Mencionó a Bachelet e incluso a Patricio Aylwin, el presidente democratacristiano que inauguró la transición a la democracia. Pero omitió a Lagos.

–No se atrevió a nombrarlo frente a los suyos –dice Ottone–. Después le fue a pedir disculpas, y Lagos lo paró. Le dijo: «No, no, no. No me des explicaciones. Tú sabes por qué no me nombraste y yo sé por qué no me nombraste».

Lagos no comentó públicamente el desencuentro, pero Luisa sí lo hizo: «Me dio pena, porque a Ricardo lo afectó que nombrara a todos los presidentes para darles las gracias y a él no», declaró en una entrevista con revista «Ya», del diario El Mercurio, en 2022. «Él no es de grandes reacciones, pero yo sé».

A pesar de eso, Lagos y Boric se volvieron a reunir en distintas oportunidades.

Sus enojos, dicen sus cercanos, desaparecen tan rápido como surgen. No tiene rencor.

–No digo que es una virtud ser rencoroso en política –dice Ottone–. Pero tienes que tener muy buena memoria, porque las ofensas se repiten.

–Cuando Lagos ya era expresidente, mucha gente cercana lo empezó a desconocer –dice Tohá–. Con el tiempo, sus ideas han vuelto a ganar terreno, pero nunca se le hizo ese reconocimiento. Yo lo sentí como algo muy duro, pero él nunca se ha tomado esas cosas muy personalmente. Lagos siempre ha sentido que él es el que es y que nada de lo que se diga va a cambiar eso.

–Nosotros le decimos que es muy injusto, y él dice: «Y bueno…». Él sabe quién es. Sabe cuánto hizo, cuánto lo traicionaron y sabe también cuánto le faltó por hacer –dice su hija Ximena.

Ricardo Lagos anunció su retiro tras 65 años al servicio público

La puerta se abre sobre una sala amplia, de piso claro, con pilares de madera rojiza que forman un círculo. Al centro, sobre una vitrina circular con fondo de terciopelo azul oscuro, hay una colección de llaves de la ciudad y medallas de bronce, oro y plata que Ricardo Lagos recibió durante su vida pública.

Entre un pilar y otro, sobre estanterías de vidrio, hay regalos de sus visitas de Estado: una figura de barro precolombina, una escultura de la loba Capitolina y otra de un soldado de la guerra civil estadounidense, del escultor Eddie Dixon. En los muros cuelgan cuadros, condecoraciones de diversos países, una foto de Lagos con la banda presidencial y diplomas de sus múltiples doctorados honoris causa. A pesar de la cantidad de objetos, el lugar –una suerte de salón de honores– no se ve recargado. Es pequeño, pero solemne.

La nueva oficina de la Fundación Democracia y Desarrollo, el espacio de reflexión que creó al terminar su mandato, se encuentra desde hace dos años en este departamento, ubicado en un edificio de Providencia. Antes instalada en una casa más grande en la calle Roberto del Río, la institución impulsó proyectos de participación ciudadana a través del uso de tecnologías digitales y albergó los archivos del expresidente, que luego fueron trasladados a la Universidad Diego Portales. Pero hoy es, sobre todo, un refugio. Un sitio al que el expresidente va dos o tres veces por semana. Lee un poco y se reúne –tiene «audiencias», dice su asistente– con sus amigos y colaboradores más antiguos, durante el tiempo que sus 88 años le permiten.

En las décadas que siguieron a su presidencia, Lagos se volcó a una intensa actividad internacional. Además de ser presidente del Club de Madrid y enviado especial para el cambio climático del secretario general de la ONU, fue profesor de la Universidad de Brown, en Estados Unidos, conferencista y miembro de numerosas organizaciones y foros internacionales.

Para resistir el ritmo de viajes, tenía un método: ir y volver lo más rápido posible y no cambiar la hora de su reloj a la del lugar de destino, para evitar el jet lag al regreso. La pandemia le dio un respiro, pero cuando intentó retomar esos viajes relámpago ya no pudo. En 2022 fue a Corea del Sur. Decidió hacer el trayecto de manera más pausada, pasando por París. Llegó agotado de todas formas y con malestares. Unos meses después se cayó en su casa de Caleu y sufrió un golpe en la cabeza. Se hizo cada vez más evidente para él y su entorno que el tiempo como figura política activa había llegado a su fin. Y para eso también se había preparado.

Hace más de una década, una noche de verano en Caleu, sentado en la terraza, le hizo prometer a su hijo que lo ayudaría a identificar el momento más prudente para retirarse. Quería hacerlo con dignidad. Esa ayuda, sin embargo, no fue necesaria. Lagos tomó la decisión solo.

En enero de 2024, la fundación emitió un video en el que anunció su retiro. Lagos lo grabó en el despacho al que se llega cruzando el salón de honores de su oficina. Las imágenes no lo muestran, pero a unos pasos del sillón está el amplio escritorio oval que lo acompañó durante los seis años que estuvo en La Moneda. Frente a él, cerca de una ventana, se despliega, imponente, su estandarte presidencial.

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