“No soy delincuente, vine a trabajar”: historias que revelan la cara humana de la xenofobia

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  • ¿Qué pasó?

Un día, mientras caminaba por una estación de servicio en Ñuñoa, me encontré con un joven venezolano, de unos 25 años. Se veía agotado, montado en su bicicleta, con la que recorría gran parte de Santiago repartiendo pedidos para distintas aplicaciones. Me detuve a conversar con él, sin imaginar lo mucho que me iba a remover lo que me contó.

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Entre palabras cansadas pero sinceras, me confesó que había tenido que bloquear ciertos términos en su cuenta de TikTok. No quería seguir leyendo comentarios cargados de odio solo por el hecho de ser extranjero. Eso me golpeó fuerte: pensar que alguien debe blindarse digitalmente para no sufrir violencia verbal en un lugar donde solo busca trabajar y salir adelante.

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Luego me dijo algo que me dejó aún más inquieto: que ya no podía hablar con cualquier chileno con confianza, que andaba en “modo alerta” todo el tiempo, esperando alguna mirada o palabra que lo hiciera sentir señalado únicamente por su nacionalidad.

No era la primera vez que escuchaba algo así. Otro día, en un viaje en Uber, un conductor venezolano me contó que una señora en Vitacura, al ver que llevaba un gorro de su país, le preguntó de frente si era delincuente. Su respuesta fue sencilla y dolorosa: “Soy de los que vino a trabajar y a surgir”.

Estas experiencias me hacen pensar en lo injusto y desgastante que es cargar con un prejuicio que no corresponde. La xenofobia no solo hiere a quienes la reciben, también empobrece a la sociedad que la practica. En Chile, como en cualquier otro país, nadie debería sentirse en constante defensa solo por haber nacido en otro lugar.

La próxima vez que veamos a alguien que vino a ganarse la vida, o que trae consigo su cultura, su acento y sus sueños, recordemos que no es una amenaza: es una persona, como cualquiera de nosotros. La xenofobia no nos protege; nos divide. Y es tarea de todos evitarla.

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